¿Qué posibilidades tiene el libro de expresarse y de interactuar con el lector a parte del lenguaje textual? Intenté dar una respuesta a esta pregunta en mi precedente artículo sobre los álbumes sin palabras. Y tomé como ejemplo la obra de la autora e ilustradora coreana Suzy Lee con su Trilogía del límite, donde nos invita a investigar sobre el potencial del libro ilustrado como objeto significante.

Esta vez quiero referirme al diseñador italiano Bruno Munari (1907-1998), quien dedicó su carrera a investigar la comunicación visual y el diseño, focalizándose principalmente en el libro como objeto y en sus posibilidades de relacionarse con el lector niño. Efectivamente Munari consideraba el libro un medio de comunicación esencial hacia el que era necesario educarse desde la primera edad, en ese sentido, el texto se vuelve prescindible mientras que adquieren más importancia las características intrínsecas y físicas del libro.

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Munari empieza a experimentar con los libros infantiles ya desde los años Cuarenta, con su curiosa mirada de diseñador y estudiando el ejercicio de lectura en la primera edad desde un punto de vista pedagógico y educativo. Con este objetivo reflexionó sobre materiales, formato y estructura como elementos comunicantes del libro, y empezó a probar diferentes combinaciones. En base a las texturas de diversos papeles, al tamaño y a la relación cromática, podemos percibir el libro de forma muy distinta. Una forma de percepción que es anterior al entendimiento de palabras o imágenes.El libro se descubre así en su valor lúdico y de estímulo creativo. De esa concepción de álbum infantil nace la serie de los “Libros Ilegibles” y, a partir de los años Sesenta, de los “Pre-libros”. Estos se pueden considerar una especie de catálogo del libro en su grado cero: doce libritos de 10×10 cm, para niños con menos de tres años, cada uno hecho con un material diferente, papel, goma, cartón, tela, plástico trasparente, madera, etc. También la encuadernación varía : espiral, hilo, metálica…

La experiencia se hace de ese modo no solo narrativa sino también perceptiva, táctil y comunicativa o, como el autor dice:

“ Lo que deben hacer es dar la sensación de que los libros están hechos así y que dentro esconden varias sopresas. La cultura está efectivamente hecha de sorpresas, es decir, significa descubrir lo que antes ignorábamos…”

El objetivo de Munari era de investigar el proceso creativo para comprenderlo en su lógica y de ese modo enseñarlo como una asignatura cualquiera. Es este proceso, a la base del hacer artístico, lo que el diseñador considera necesario comunicar y compartir con el público a través de una educación estética entendida en su significado práctico y lúdico.

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Algunos de sus libros se pueden así considerar cuadernos de apuntes y de ejercicios en los que emerge un estudio casi científico de la creatividad. Es el caso, por ejemplo, de sus publicaciones Dibujar un árbol, Dibujar una casa, Rosas en la ensalada, etc..

 

El proceso de aprendizaje y de ejercicio creativo es particularmente importante en la edad infantil porque de esta educación depende la formación en edad adulta de una mente flexible, perceptiva, capaz de encontrar soluciones a problemas concretos. En síntesis, adultos capaces de sobrevivir mejor al presente. Munari estaba totalmente convencido de que las mentes creativas son la energía fertilizante de una sociedad sana y en continuo crecimiento, por ello reconoce una grandísima responsabilidad a educadores y maestros en su desarrollo.

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La genialidad de Munari está finalmente en la atención especial dada al valor transformativo de la idea. Una vez que participamos del proceso creativo lo que debemos llevarnos y metabolizar es un método, no tanto el resultado o producto final. Así, en las actividades que realizaba con los niños, era muy importante la fase de destrucción de la obra creada a través del ejercicio, para evitar promover modelos estáticos a los que emular, mientras que en la memoria de cada niño se guardaba solo el proceso en su esencia.