La encajera (1669-70), de Johannes Vermeer, es un lienzo pequeño de 23,9 x 20,5 cm pegado sobre una tabla, pintado al óleo.

Haciendo un recorrido visual por toda la superficie del cuadro, hay una parte donde siempre me detengo más tiempo, y es en la parte lateral izquierda. En primer plano hay un ¿cojín-costurero? azul por el que asoman unos hilos rojos y blancos. La luz mate nos hace sentir la calidez de esos hilos.

Son dos formas/masas paralelas, curvas, suspendidas y una de ellas, la roja, acaba en un pequeño caos, interrumpiendo el ritmo apacible de su caída.

¿Cómo algo tan mínimo se convierte en extraordinario?

¿Cómo unos trazos que parecen flotar, que se deslizan por el lienzo, que nos remiten a herramientas digitales, que no parecen hilos barrocos, que están desdibujados, se convierten en el centro de interés (sobre todo en el mío)?

¿Cómo unas formas fluidas de colores se convierten en hilos?

Esos hilos transcienden la categoría de las líneas-hilo de las que habla Tim Gold en su ensayo Líneas, una breve historia. Porque son más que unas líneas plásticas, con volumen y objetuales, son unos trazos que tienen el poder visual suficiente como para ser el todo y no un detalle.

GrandeEncajera

Descubrir un detalle, partir de algo mínimo, mantener los sentidos en alerta de forma natural, interiorizar esas sensaciones para después crear con líneas, trazos, hilos…

 

 

 

 

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