En estos momentos muchos de nosotros, no sabría decir cuál es la cifra mundial, estamos viviendo una cuarentena, haciendo de nuestros propios hogares una cárcel. Algo que ninguno, o casi ninguno, había vivido antes. Estamos ahora mismo viviendo experiencias que nos están cambiando. Por ejemplo, mis hijos están estudiando desde casa y por primera vez estoy viendo cómo se comportan en sus clases de instituto mientras mi marido y yo trabajamos en la misma mesa en la que ellos estudian. Así que inventamos nuevas rutinas, mantenemos antiguas y tratamos de llevar la cuarentena lo mejor posible.

Hay muchos tipos de encierros. Encierros impuestos por otros, encierros impuestos por nosotros mismos, encierros impuestos por las circunstancias. Están las cárceles tradicionales, a las que deberíamos ir cuando rompemos las leyes; cárceles impuestas por padres a hijos; nuestro cuerpo, cuando no funciona bien se puede convertir en una cárcel; nuestra mente incluso se puede convertir en una cárcel.

¿Qué hacemos en esos momentos en los que no tenemos más remedio que estar encerrados? Muchos somos los que no podemos ayudar más que quedándonos en casa.

Io Bru, la fuerza detrás de Ilustrando Dudas, nos pregunta desde Instagram qué tipo de personas queremos ser, aquellas que encerrados en cuarentena se dedicarán a dejar que el tiempo pase, o aquellas que aprovecha ese tiempo que tiene y se dedica a estudiar o a producir algo, lo que sea, que nos ayude a hacer más llevadera esta cuarentena obligada.

Yo aprovecho esta circunstancia para volver a escribir sobre Henri Matisse. Hace unos meses ví un documental, Matisse desde el Tate Modern y el MoMA, en el que hablan de la última etapa de su vida y mencionaban que cuando tenía 71 años le diagnosticaron cáncer de colon y fue operado. El pedía 4 años más de vida para terminar su obra y obtuvo 13 más. Pero muchos de esos años los pasó acostado o sentado en una silla de ruedas. En el documental ví como desde la cama, con un alargador, pintaba en papeles que tenía en el techo o en la pared. Se dedicó a recortar, hacía collages con sus ayudantes, él cortaba las formas e indicaba a sus ayudantes cómo debían colocarlos en el soporte final. Me impresionó la fuerza de voluntad de una persona que salva los obstáculos que le impone la vida. Escribe Matisse, “Sueño un arte equilibrado, puro, sin motivo inquietante o turbador, que sea para todo trabajador intelectual, para el hombre de negocios como para el escritor, por ejemplo, un lenitivo, un calmante cerebral, algo semejante a un buen sillón que le descanse de sus fatigas físicas“. Y así hizo, “Como me tengo que quedar tumbado gran parte del día, he decidido fabricarme un pequeño jardín a mi alrededor donde puedo caminar con mi imaginación“.

Henri Matisse desde su cama

Como él hay miles de personas, artistas o escritores famosos o grandes desconocidos que superan sus circunstancias creando.

Auguste Renoir sufrió de artritis reumatoide durante muchos años. Estiman que la enfermedad se comenzó a manifestar cuando tenía 50 años. En esa época, tenía que desplazarse en silla de ruedas y “la naturaleza agresiva de la enfermedad le ocasionó la destrucción y anquilosis del hombro derecho y la ruptura de varios tendones en dedos y muñecas le llevó a una escasa movilidad de sus manos. Pese a estas manos deformadas, continuó liando sus cigarrillos y, según su nieto, produjo más de 400 pinturas”. Cuando se le hizo difícil sujetar la paleta en la mano, primero la sostenía entre las rodillas y el borde del caballete. Después, pidió que se la fijaran sobre uno de los brazos de la silla de ruedas. Lo mismo pasó con el pincel, hacía que lo fijaran a su mano deforme. Para continuar pintando obras de grandes dimensiones ideó caballetes con poleas.

Las Bañistas de Auguste Renoir

Frida Kahlo se dedicó a pintar después de sufrir un brutal accidente, cuyas consecuencias arrastró hasta el final de su vida. Su columna vertebral quedó fracturada en tres partes, sufriendo además fracturas en dos costillas, en la clavícula y tres en el hueso pélvico. Su pierna derecha se fracturó en once partes, su pie derecho se dislocó, su hombro izquierdo se descoyuntó y un pasamanos la atravesó desde la cadera izquierda hasta salir por la vagina. Ella utilizó su arte para expresar su dolor, sus miedos, sus recuerdos, sus sueños, aunque lo niegue “Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad”.

Frida Kahlo

Posteguillo, en su libro La sangre de los libros, habla de varios escritores que en circunstancias difíciles siguen creando. Ángeles Mastretta tuvo a su hija pequeña en coma se dedicó a escribir furiosamente porque como dice Posteguillo, “ella era, además de madre, escritora, y los escritores no combaten nunca en silencio. Las palabras son sus armas. Armas de las que muchos se ríen, sobre todo los poderosos, pero siempre se esfuerzan en silenciarlas… por si acaso. Si tanto temen a las palabras es que realmente son fuertes”. Mastretta escribía y luego leía lo que escribía a su hija en coma. Felizmente, su hija supera el coma y ella publica “Mujeres de ojos grandes”.

En estos momentos, en los que vivimos emociones fuertes, pena, agobio, aburrimiento, orgullo, angustia, hagamos de nuestro encierro un lugar de aprendizaje, de encuentro con nosotros mismos y con nuestras familias y fabriquemos un pequeño jardín a nuestro alrededor.

Bibliografía: