Muchas veces al entrar en la edad adulta nos olvidamos de lo que es realmente la infancia, teñimos este periodo de colores tenues y lo endulzamos en nuestra memoria. Pero ser niños es difícil, se trata de una edad de transición, de preguntas, de necesidad de buscar confirmaciones. La infancia es un umbral en el que aprendemos lo que significa crecer y a enfrentarnos con nuestras emociones que se hacen cada vez más complejas.

 

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Esta complejidad debe reflejarse también en la literatura que, sin embargo, demasiadas veces vemos estereotipada y superficial.

¿Cómo resolver un conflicto? ¿Cómo controlar emociones fuertes como la agresividad? ¿Cómo superar nuestros miedos más profundos?

En los libros para niños es necesario hablar también de estos temas para dar al pequeño lector la posibilidad de resolver sus inquietudes e inseguridades.

Si nos dirigimos a la historia de la literatura juvenil, vemos que en los cuentos populares, por ejemplo, el miedo y la crueldad son temas recurrentes. Actualmente se ha abierto un debate sobre este argumento porque se puede pensar que tanta violencia no es apta a un público infantil. Disney nos ha acostumbrado demasiado bien, censurando muchos de los cuentos tradicionales más célebres.

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Pero en realidad la componente violenta en una historia para niños tiene una valencia pedagógica muy importante. Y la verdad es que la violencia no es ajena a lo que un niño puede experimentar cada día, a través del cine, de la televisión, de internet, etc..

Mencionando al psicólogo Bruno Beltheim:

 

La creencia común de los padres es que el niño debe ser apartado de lo que más le preocupa: sus ansiedades desconocidas y sin forma, y sus caóticas, airadas e incluso violentas fantasías. […] Que debería conocer únicamente el lado bueno de las cosas. Pero este mundo de una sola cara nutre a la mente de modo unilateral, pues la vida real no siempre es agradable.

[…] Las historias modernas que se escriben para los niños evitan, generalmente, estos problemas existenciales, aunque sean cruciales para todos nosotros. El niño necesita más que nadie que se le den sugerencias, en forma simbólica, de cómo debe tratar con dichas historias y avanzar sin peligro hacia la madurez.

 

 

Un cuento debe permitir al niño resolver sus conflictos emocionales y desarrollar su fantasía en una dimensión que ellos saben ficticia.

Lo más importante es la perspectiva crítica en la que se puede enmarcar el cuento, ya que este tiene un rol determinante en el desarrollo psíquico del niño. Los cuentos populares, al mismo tiempo que entretienen al lector, le ayudan a comprenderse mejor a sí mismo y contribuyen al desarrollo de su personalidad.

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Yo también he crecido con la estética edulcorada de Disney, no puedo negarlo, pero sí tuve la oportunidad de conocer a través de los libros las versiones originales de las historias de Andersen, de los hermanos Grimm, de Perrault, u otros cuentos tradicionales menos célebres.

Los relatos con componentes más perturbadoras, como la muerte, la crueldad, el odio, no me asustaban, por lo contrario me capturaban, me hacían pensar. Y esto es porque el cuento sigue una estructura establecida que los niños reconocen muy bien. La formula había una vez es una señal de aviso para el niño que significa que desde ese momento el lector entra en la dimensión de lo fantástico donde todo es tan posible cuanto irreal. La experiencia empieza al abrirse el libro y se concluye al cerrarlo. La narración se convierte así en un terreno, libre de las leyes de la realidad, en el que el niño puede poner a prueba sus emociones y su imaginación.

 

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En los cuentos populares, otro factor importante es la dualidad, en ellos el intento es siempre moralizante por lo que el bien y el mal están claramente escindidos: el héroe es bueno, el antihéroe es malo. La literatura refleja los valores de la sociedad en la que se desarrolla, y aún más si se dirige a un público joven con el objetivo de educarlo y de ofrecerle una enseñanza moral, como es el caso de las historias tradicionales. Así que si bien hay que reconocer su valor pedagógico, también hay que admitir que estos mismos cuentos están llenos de estereotipos que reflejan las convenciones sociales de su época.

Hoy en día un autor que se precie debe saber expresarse con el lenguaje que la modernidad requiere, sin someterse a la dictadura del modelo comercial que tiende a endulzar lo real, dando espacio también a las emociones negativas y al lado más “oscuro” de lo que significa crecer.

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Hay otra gran diferencia entre el ayer y el hoy que ofrece nuevas posibilidades de exploración narrativa para quien escriba libros infantiles: el valor de la psique individual. Si los cuentos tradicionales se dirigían al niño como parte de una colectividad, hoy se reconoce el valor de la diversidad y de la complejidad interior de cada niño. Bien y mal, violencia y crueldad, pueden llegar no solo desde fuera sino también desde dentro, desde nuestras propias emociones.

En este sentido el propósito educativo no es tanto el de clasificar entre niño bueno y niño malo, premiar o castigar en base a las actitudes (un ejemplo en este sentido es la historia de Pinocho de Collodi), sino de familiarizar al pequeño lector con sus sentimientos y de aprender  a aceptarse. Pero de esto hablaré mejor la próxima vez :-), si te interesa profundizar el tema de la crueldad en los cuentos tradicionales te recomiendo este interesante artículo del pedagogo Victor Montoya.

1 Comentario

  1. […] La última vez hablé de cómo los niños pueden beneficiarse a través de la literatura a enfrentar…. La infancia no debe ser idealizada, sino investigada en todos sus matices. También hay que considerar que al día de hoy con la sobreinformación a la que estamos expuestos, es difícil que un niño crezca sin ver violencia e injusticias a su alrededor. Los cuentos tradicionales infantiles tenían un fin cultural colectivo, educaban a la sociedad, y mientras se mantuvieron de forma oral no tenían el objetivo de ser entendidos por el público infantil. En ellos el elemento cruel tiene una gran importancia, a través de la narración ficticia se puede categorizar la realidad y prepararse mejor a ella, aprender a distinguir el bien del mal, lo moral de lo inmoral. El defecto de esta polarización es el de estancarse en una resolución en clave moralista y pedagógica del conflicto. Los niños caprichosos y “malos” siempre acababan castigados de alguna manera. ¿Pero, qué significa ser un niño malo? […]